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Don Quijote oculto (*)

En la biblioteca de D. Juan de Zúñiga

CAPÍTULO L (OCULTO): De cuando los escribanos quisieron ser recaudadores de impuestos y alcabalas poniendo una X y que el Gobernador evitó con su llegada

Esta historia que vivió D. Quijote y su fiel escudero Sancho, que también relató Cide Hamete no suele recogerse todas las veces en que se narran las aventuras y desventuras de nuestra pareja singular. Yo, como cronista de sus andanzas, las suelo relatar porque, aunque no es una aventura en sí misma, demuestra el carácter de nuestros gobernantes y nuestros gobernados. Por el contrario, otros narradores suelen ocultarlas para evitar ensuciar el nombre de algún pueblo o personas.

Acababa de llegar de su segundo grupo de salidas, habiendo alcanzado la gran ciudad de Zaragoza, donde la Virgen se apareció en un Pilar, llegando a la villa de Barcino, ahora Barcelona, hasta acabar en el mar. Inmenso lugar para un caballero de la Mancha.

Hacía tiempo que su propio colchón no conocía a D. Quijote, el cansancio le hizo que el sueño empezase pronto, pero a primera hora se despertó y, desvelado, habló con su ama, que estaba haciendo fuego en la cocina.

  • Llame a Sancho a su casa que tengo que hablar con él nada más desayunar.
  • Es muy temprano, – alegó el ama.
  • Manda al zagal, – replicó D. Quijote.

Esperaba en la biblioteca, acariciando sus libros, que tanto echaba de menos cuando llegó Sancho.

  • Buenos días tenga, mi amo.
  • Coge las cabalgaduras que nos vamos a Villanueva de los Infantes.
  • Pero si acabamos de llegar.
  • Es un viaje pequeño, voy a hacer testamento que es menester cuando se llega a mi edad, – finalizó D. Quijote.

Cogieron el asno de Sancho y el caballo, Rocinante, que no había recuperado su cuerpo después de tantas leguas de viaje, aunque sí su apetito. El viaje fue rápido, hacía calor, pero no excesivo.

Sancho pregunta en la posada dónde está el Notario, mientras D. Quijote espera a la sombra de esos árboles.

Una vez llegado a la notaría, le salió un pequeño mancebo que le atendió al llegar, mientras Sancho se encargaba de las monturas sin olvidar su desayuno.

  • ¿En qué puedo servirle, Caballero?, – preguntó
  • Buenos días, quiero hacer testamento
  • Para poder hacer testamento –le explicó– tiene que traer pagada la tasa correspondiente al concejo, de manera previa, – le indicó a D. Quijote.
  • ¿Impuestos por testar?, – preguntó D. Quijote.
  • Sí, son los nuevos impuestos y tasas, parece que nuestros gobernantes necesitan dinero, – dijo el mancebo.
  • Más gastos, para las guerras en Europa
  • Sí, esta vez, en las estepas rusas…eso dicen
  • ¿Dónde deberé pagar la tasa?, – preguntó el caballero de la Triste Figura.
  • Mando a un chaval con vos.

En la casa del recaudador de impuestos de la villa había una cola enorme en la puerta, cosa que extrañó a D. Quijote. “¿Todas estas personas quieren pagar los impuestos?”, pensó. “¡Gran conciencia tributaria le ha salido a este pueblo!”.

Todas eran personas de mediana edad, pero ninguna tenía una bolsa con dinero para pagar. Por el contrario, sí que tenían trajes de denotaban ciertas profesiones.

  • Esta no es la cola para Usted, caballero
  • ¿Y eso?, – preguntó D. Quijote.
  • Aquí no se pagan las tasas
  • Entonces, ¿para qué esta cola?
  • Es para convertirse en recaudadores de impuestos.
  • Ja, ja, … no puede ser
  • Que sí, que sí, – aseveraba el zagal
  • Pero si esta gente parece que ya trabaja para el Rey y para el Concejo

Viendo a todos con sus ropajes, se podía observar que eran los escribanos del Concejo e incluso alguno era del propio recaudador (a esté, sí que le conocía D. Quijote)…”¿y saben estos todo de impuestos?”, se preguntó D. Quijote.

  • ¿Cómo van a ser recaudadores estas personas?, – quiso saber el caballero D. Quijote
  • Pues parece ser que es muy fácil y todos pueden.
  • Pero habrá que saber de leyes, de tasas, de procedimientos, de alcabalas y de muchas otras ciencias administrativas. Algunos saben algo, como los escribanos del recaudador.
  • Les van a hacer un ejercicio, donde deben poner una cruz en un cuadrado y aprobados.
  • ¡Pardiez! No puede ser que un simple escribano, sin que se pruebe su capacitación, vaya a cobrar los impuestos a los vecinos del pueblo.
  • Es que dicen que también tienen derecho a hacerlo y a recaudar
  • Pero ¿tendrán que hacer el examen del Reino, en Madrid o en Toledo, ante la cátedra y el Secretario del Tesoro?
  • No hace falta, una cruz y ya está.
  • Pero ¿cuándo tengan que cobrar lo que por ley es justo?
  • Ah, … ja ja ja, eso no está pensado.

Don Quijote seguía en la cola del edificio del recaudador, mientras Sancho y sus monturas disfrutaban ya de su segundo desayuno en el Mesón. Le daba vueltas en la cabeza el hecho de que un escribano pudiera recaudar impuestos sin pasar ningún tipo de filtro ni prueba seria.

Empezaron a oírse ruidos y griterío que iba en aumento, el polvo se levantaba al inicio de la calle. Pudo atisbar que venía una multitud armada con palos, garrotes, pinchos, azadas…

  • ¿Qué está pasando? –exclamó Don Quijote.

Las piedras volaban contra la fachada del edificio. Algún garrote fue lanzado contra las ventanas que oportunamente fueron cerradas. Se puso corriendo el yelmo, que no vaya a ser que pudiera resultar herido, bastante tenía con el cansancio del viaje de regreso de sus últimas aventuras.

  • ¡Fuera! – gritaba la multitud.
  • ¡Que salga el recaudador!

El muchacho que acompañaba a Don Quijote le dijo:

  • Pero si esta gente es de Almagro. No sé qué hacen aquí y de este genio.
  • No estamos cerca de Almagro –puntualizó Don Quijote.

El tropel continuaba gritando cada vez más alto. Algunos de ellos empezaron a tirar piedras también a todos los que estaban en la fila para el examen de recaudador.

  • ¿Qué os ocurre? – preguntó Don Quijote a uno de los de Almagro que tenía cerca.
  • Vamos a matar al recaudador
  • Pero ¿hay algún problema?, ¿alguna injusticia ha recaído sobre su pueblo? – quiso saber Don Quijote.
  • Muchas, señor.
  • Relate, ya que el enfado que muestran es grande
  • Teníamos un recaudador que era una persona honrada y cabal, pero llegó un momento en que tenía mucho trabajo y necesitaba ayuda. Y como no le enviaban otro recaudador, decidió que cualquier escribano del concejo pudiera convertirse, de la noche a la mañana, en recaudador.
  • ¡Cáspita!, si es lo quieren hacer aquí en Villanueva de los Infantes.
  • Líbrense de eso, mi señor.
  • Pero ¿qué consecuencias ha tenido para el pueblo? – quiso saber Don Quijote.
  • Como no hicieron las pruebas para ser recaudador (las que suelen hacerse en Toledo a los graduados con los exámenes del Reino), los que nombraron no tenían conocimientos suficientes acreditados.

Ellos decían que llevaban 20 años trabajando para el Concejo.

Así empezaron a cobrar el doble a unos, la mitad a otros, los recursos los resolvían al revés. Y al final ni siquiera le dieron el dinero que le correspondía al Concejo. Este no pagó a nadie. El médico dice que se va, el alguacil ya se fue al pueblo de su padre. Ni el hospital ni el hospicio han cobrado. Vamos, todo un desastre.

  • Pues sí que están en un problema, querido amigo. Por esto es tan necesario tener servidores públicos preparados. Si no lo están, todo lo que salga es injusto y se desprecian las funciones de los que están verdaderamente preparados – sentenciaba Don Quijote.

Un primer cristal saltó por los aires, el enfurecimiento de los ciudadanos seguía en aumento. D. Quijote se retiró hacia un lateral, vio llegar a Sancho que se puso a su lado para evitar que la turba le acabara pasando por encima. El recaudador no quiso aparecer y todos los que estaban haciendo cola salieron corriendo, como si no hubiera un mañana.

Pero eso no impidió que siguieran las voces y los garrotes en alto.

Se empezaron a oír cornetas a lo lejos y botas, y lanzas contra el suelo.

  • ¡El Gobernador llega! – exclamaron algunos de ellos.

Se acercó el carruaje del Gobernador el cual bajó del mismo, ordenando el despliegue de toda la fuerza que le acompañaba. Los soldados rodearon toda la plaza.

Los que se manifestaban cesaron los gritos de inmediato.

  • ¿Qué ocurre aquí? – dijo el Gobernador, elevando el tono de voz

Uno de ellos que parecía ser el cabecilla (el que había hablado con Don Quijote) se acercó al Gobernador, movió la cabeza y empezó a hablar:

  • Se ha producido una injusticia en Almagro, señor Gobernador, que nos afecta a todos. A los que pagamos los impuestos directamente, pero también a todo el pueblo, indirectamente.
  • ¿Cómo es eso posible? – preguntó el Gobernador.

El Gobernador era Juan de Zúñiga y de Rocha, que llevaba algunos años ya de Gobernador en Villanueva de los Infantes (y en otros sitios como Cieza o Mérida), experiencia no le faltaba.

  • Continuad, decid.

El cabecilla empezó a relatar todos los sucedidos y cómo con una sola cruz se convirtieron los escribanos en recaudadores y los problemas que trajo.

  • ¿Y no hicieron las pruebas del Reino? – preguntó el Gobernador.
  • No, señor. Ahí está el problema, si los hubiesen hecho tendrían una capacitación, su actuación sería justa y no estaríamos aquí.
  • ¡Jefe de la guardia! -gritó el Gobernador – Id a Almagro y echad a todos ellos. Restableced las normas de funcionamiento. Avisad a todas las autoridades y decidles que solamente se permitirá ser recaudador a aquellas personas que cumplan los requisitos legales de los exámenes del Reino. Que todo el mundo tiene derecho a intentarlo, pero cumpliendo las normas.
  • Sí, señor.
  • Y avisad al recaudador de aquí, de Villanueva, que todo esto también le atañe a él.

La gente empezó a lanzar exclamaciones de alegría y se fueron retirando de la plaza.

  • ¡Viva el Gobernador! ¡Viva!

Viendo el Gobernador a Don Quijote que le conocía de sus andanzas y sus aventuras, fue a saludarlo.

  • ¿Se encuentra bien, mi buen Don Quijote? – preguntó el Gobernador.
  • Sí, señor, muchas gracias.

Don Quijote manifestó:

  • Debo decirle, Gobernador, que lo que ha hecho es de justicia y esto ayudará al pueblo de aquí en el futuro.
  • Muchas gracias, pero debo marchar a la villa de mi nacimiento para pasar unos días.
  • ¿Cuál es ese pueblo?
  • La villa de la Orden de Santiago de Barruecopardo en Salamanca.
  • Pues id con Dios y como habéis sido justo, seguro que el Altísimo os concede un descendiente recaudador.
  • Así sea.

Mientras el Gobernador subía a su carruaje, se acercó Sancho Panza a ayudar a su señor.

  • Volvamos a casa y llamemos desde allí al Mosén para que nos aconseje qué es lo que tenemos que hacer, sin tantos sobresaltos como los que hemos tenido hoy.

Recogieron las monturas y volvieron al pueblo.

Esta historia no siempre se cuenta ya que las injusticias contra el pueblo no siempre caben en las gloriosas aventuras de Don Quijote. Como cronista de la afamada historia de Don Quijote, solamente la cuento para que los ciudadanos vean la importancia de tener buenos servidores públicos.

(*) NOTA: Este capítulo oculto lo encontré dentro de una de las ediciones más antiguas del libro de D. Quijote de la Mancha que tengo en la biblioteca de mi antepasado, el Gobernador de Villanueva de los Infantes, D. Juan de Zúñiga, en mi pueblo en Salamanca. Tenía gran amistad con el autor y pude saber que Cervantes le dejó una de las ediciones sobre las que trabajaba con anotaciones suyas. Podéis entender la gran sorpresa que me llevé al leerlo y ver la gran actualidad del tema que trataba. Desde entonces, no dejo de revisar la biblioteca para encontrar nuevas joyas ocultas.

Juan Miguel González García, Inspector de Hacienda del Estado

Un comentario

  1. Lo grave es que aquí y ahora es el gobernador quien no es de fiar y desea a los escribanos hacer recaudadores. No le importa el mal al pueblo, ni el futuro del Tesoro, pero cree que con ello todos los escribanos serán perros fieles para servirle… ¡espléndido hallazgo literario, por cierto! Enhorabuena a tan sesudo investigador que nos deleita con el fruto de su trabajo.

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