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La Asociación de Inspectores de Hacienda del Estado y el sistema tributario (II)

“En fin, las pamplinas que usan para salir del paso… Yo, que he servido siempre realmente, que he trabajado como un negro; yo, que no he dado el más ligero disgusto a mis jefes… yo, que estando en la Secretaría, allá por el 52, le caí en gracia a don Juan Bravo Murillo, que me llamó un día a su despacho y me dijo… lo que callo por modestia… ¡Ah!, ¡si aquel grande hombre levantara la cabeza y me viera cesante…! ¡Yo, que el 55 hice un plan de presupuestos que mereció los elogios   -45-   del Sr. D. Pascual Madoz y del Sr. D. Juan Bruil, plan que en veinte años de meditaciones he rehecho después, explanándolo en cuatro memorias que ahí tengo! Y no es cosa de broma. Supresión de todas las contribuciones actuales, sustituyéndolas con el income tax… ¡Ah!, ¡el income tax! Es el sueño de toda mi vida, el objeto de tantísimos estudios, y el resultado de una larga experiencia… No lo quieren comprender y así está el país… cada día más perdido, más pobre, y todas las fuentes de riqueza secándose que es un dolor… Yo lo sostengo: el impuesto único, basado en la buena fe, en la emulación y en el amor propio del contribuyente, es el remedio mejor de la miseria pública. Luego, la renta de Aduanas, bien reforzada, con los derechos muy altos para proteger la industria nacional… Y por último, la unificación de las Deudas, reduciéndose a un tipo de emisión y a un tipo de interés…”.

Estas palabras pone D. Benito Pérez Galdós en boca de Ramón Villaamil, el funcionario cesante que había trabajado para la Hacienda Pública, protagonista de “Miau”; novela que, además de por sus valores literarios, todos los funcionarios deberíamos leer para valorar de donde venimos y poder comprender que la muchas veces denostada inamovilidad de los funcionarios es una de las principales garantías para el funcionamiento regular y con pleno sometimiento a la ley de la Administración.

No voy a hablar hoy de las bondades y defectos del sistema de la función pública, sino que las reflexiones de Ramón Villaamil me sirven para ilustrar que todos los que, con la oportunidad y capacidad de ver un poco más allá, nos hemos dedicado a servir a la Hacienda Pública, hemos desarrollado nuestras propias ideas y reflexiones sobre hacia donde debería ir el sistema tributario.

A lo largo de los años, mis alumnos han escuchado, muchas veces, mi predilección por el Impuesto sobre el Valor Añadido, impuesto general, ordenado y sistemático, donde las reglas especiales responden en casi todas las ocasiones a cumplir con la finalidad del sistema, sin una voluntad del legislador de cubrir los posibles resquicios que haya descubierto un contribuyente despierto para evitar el impuesto. Principios tantas veces invocados y tan poco entendidos, como el principio de neutralidad del IVA, garantizan precisamente que el impuesto sea un todo armonizado, donde la carga fiscal se traslada del sujeto pasivo jurídico al sujeto pasivo económico mediante la repercusión y deducción de las cuotas soportadas, a través de todas las fases de producción y distribución de los bienes y servicios, haciendo del impuesto un conjunto comprensible y lógico.

También querido me es el Impuesto sobre Sociedades (IS), en el que, un compañero y maestro de Inspectores, con todo su equipo que tuve la oportunidad de conocer en la DGT, tuvo un día la feliz idea de partir del resultado contable para llegar a la base imponible, con las correcciones fiscales, abandonando el complejísimo sistema de la Ley 61/1978, que contenía, casi, un plan de contabilidad dentro de ella misma. Cuanto menores son las correcciones fiscales, más de ordenado tiene el impuesto, cuanto más motivadas en argumentos generales son estas correcciones, huyendo de reglas particulares, pensadas para operaciones concretas, mayor es la sistemática e inteligencia del Impuesto.

Me guardaré, al menos en parte, mi opinión sobre el IRPF. Impuesto al que, en la mejor de mis valoraciones, he calificado en ocasiones como una balsa hecha de retales, justificando esta calificación en el diferente tratamiento de las fuentes de rentas; lleno de tapones para cerrar las vías de agua que se abren en ese conjunto heterogéneo de reglas, preñadas de requisitos, en el mejor de los casos pergeñados para acotar los beneficiarios potenciales de unas medidas particularísimas, en otros casos, fruto de calenturientas mentes tributarias que han revisitado mil veces el mismo precepto; todo ello hace del Impuesto, para mí, una suerte de alquimia, volátil y cambiante, donde en vez de ofrecer oro a partir del plomo, se nos ofrecen a todos controversias, errores por cambios de criterio, y dudas más que razonables de hacia donde caminará cada regla, en fin, una carta amplia de sinsabores varios y surtidos.

Este pequeño recorrido personalísimo por las figuras estrella de nuestro sistema tributario ya avanzan que mi valoración es diferente para cada figura. No obstante, de lo que pretendía tratar aquí no era de un impuesto en concreto, sino del conjunto, aunque ya podemos avanzar que si las fotos de partida son tan diferentes, el mural del conjunto de imágenes no será tan coherente como debería.

Si ampliamos nuestro campo de visión y dirigimos nuestra mirada a todos los tributos, nos sorprenderá porque brotan por todos lados como setas. Haciendo la broma fácil, hasta por morirnos pagamos impuestos. Esto no debe extrañarnos, toda manifestación en la que el legislador percibe de capacidad económica, se grava. Muchas veces, hasta doblemente; por ejemplo, el donante paga el IRPF y el donatario el ISD, en una especie de doble imposición económica, gasolinas, alcoholes y tabaco pagan el IVA y los Impuestos Especiales, en otra versión particular de la doble imposición jurídica.

Ahora bien, toda esa profusión de figuras debe hacerse con un cierto orden, dentro de un sistema, con un objetivo común, que vaya más allá de un mero recaudar lo más que podamos de cada bolsa de dinero que veamos. En otro caso, corremos el riesgo de sustituir un sistema justo concebido para el sostenimiento de las cargas públicas según la capacidad económica en el mecanismo de recaudación que seguía el Sheriff Nottingham: ave de paso, “cañaso”; como advierte nuestro refranero popular..

Crear tributos parece fácil; crear y desarrollar un sistema tributario ordenado, donde cada figura tenga su espacio y encaje perfectamente con las demás, para percibir los tributos de una forma ordenada, atendiendo a la capacidad contributiva, es tremendamente complejo.

La mayoría de los inspectores no hemos vivido una verdadera reforma fiscal. Cambios, pequeños o profundos, en cada uno de los impuestos, muchos. Recuerdo en el temario de la oposición de mi época un tema sobre la evolución histórica del sistema tributario, donde se estudiaban las grandes reformas históricas, comenzando con la de Mon-Santillán en el siglo XIX, donde, más allá de la profusión de datos, se aprendía que una reforma fiscal coherente era un puzle, donde cada pieza encajaba en su sitio para formar una imagen concreta de lo que quería el legislador fiscal.

Ahora mismo vivimos una época compleja para intentar lograr una correcta sistemática en el sistema tributaria. Empezamos porque todos los partidos políticos ofrecen un programa electoral plagado de medidas tributarias, mayores o menores impuestos, sin ligar esas promesas a una explicación de donde se va a destinar el gasto o de donde se va a recortar, haciendo que el fruto de varias reformas tenga el mismo orden que el ejército de Pancho Villa. Seguimos porque, ante la menor zozobra en las cuentas públicas, los políticos hurgan en todas las bolsas, con la avidez del Sheriff de Nottingham, buscando un nuevo ingreso en la forma de impuesto para cuadrar las cuentas. Cuando no, vivimos con las dádivas fiscales concebidas para contentar a grupos de presión que han aupado, más o menos, a un político al poder.

Basten dos ejemplos. La vergonzante deducción para las producciones cinematográficas del Impuesto sobre Sociedades, cada día más elevada, y que ha convertido en un producto financiero con una rentabilidad asegurada la creación del más infame de los bodrios que no soportan ni los parientes y amigos del creador con vocación de genio incomprendido y nula dotación artística. Razonabilidad comparada con la protección dispensada a otras industrias, ¡nula!.

No menos sonrojante es la exención en el Impuesto sobre el Patrimonio para las participaciones, que permiten que este impuesto, que en buena sistemática no debería seguir vigente, grave a las personas que han logrado una cierta capacidad de ahorro, pero deje fuera a quien acumule un patrimonio lo bastante significativo como para crear una figura societaria con actividad para residenciar su patrimonio. Si a ello unimos que las participaciones exentas pueden aplicar una significativa reducción en el Impuesto sobre Sucesiones, la imagen del conjunto del sistema queda todavía más deteriorada con esta medida.

Impuestos

Antes de que alguien me degüelle…aunque ya he escrito lo suficiente como para disfrutar cuando levanto iras, como saben bien los que me conocen bien…digo que el Impuesto sobre el Patrimonio debería haber desaparecido porque surgió, históricamente, como impuesto censal, para completar la información necesaria para una adecuada gestión del IRPF; con la cantidad de información que maneja actualmente la Administración tributaria, esa función censal ha desaparecido y el Impuesto sobre el Patrimonio es únicamente otra bolsa más en la que meter la mano y que, como acabo de explicar, no es precisamente en la de las mayores fortunas.

Alguien me dirá, llevas ya un buen número de líneas y nada has dicho de la Asociación, a la que invocas en el título. Efectivamente, así que voy con ello.

¿Qué débito le cargo a nuestra Asociación? Como decía en el principio, habiendo hecho del impuesto nuestro medio de vida y el centro de nuestra vida laboral y, generalmente, de nuestro estudio, estamos capacitados como pocos para realizar un análisis de la sistemática de las medidas tributarias que se proponen o se desarrollan.

No propongo, lógicamente, un juicio político sobre las medidas tributarias. Somos compañeros de profesión, cada uno con sus convicciones y preferencias, cambiantes, querría pensar, como corresponde al votante responsable, y los juicios de valor podrían verse nublados por simpatías y antipatías, que nunca deben presidir nuestra asociación, que debe dar cabida a todo tipo de ideas y sensibilidades.

Propongo un juicio técnico de las medidas, en el que deberíamos prodigarnos cada vez más. Juicio independiente y ecuánime, no apoyar a unos o a otros, no apoyar las subidas o las bajadas de impuestos, sino analizar como repercute una medida en el conjunto del sistema.

No nos corresponde, de sobra lo sé, decidir si un impuesto debe o no implantarse; no obstante, si tenemos conocimiento y experiencia en los tributos, deberíamos ofrecer una opinión técnica e informada sobre el encaje de cada modificación en el sistema tributario, los problemas que puede levantar y su coherencia con el resto de la normativa.

Se ha propuesto, recientemente, un impuesto a la banca y a las eléctricas. Nadie se ha dirigido a los Inspectores, máximos expertos en el Estado – y hasta diría en la sociedad-  en los impuestos para conocer nuestra opinión. No quiero oír si nos parece bien o no. Quiero contestar a si, en nuestra opinión, existiría una sobre imposición en el IS, a si la medida debe completarse con una mayor imposición a la prestación de servicios bancarios por entidades no residentes – que no sabemos si se está barajando- , o si el pago del impuesto con créditos fiscales, sean bases imponibles negativas o deducciones pendientes, es una medida que efectivamente anula el efecto recaudatorio pretendido.

Con ello nuestra asociación podría, en ocasiones contrarrestar, en otras coadyuvar, con otras opiniones que frecuentemente se abren camino hacia el gran público, logrando muchas cosas: mejorar nuestra visibilidad, ayudar a la formación de una opinión formada en la sociedad y hasta colaborar a la mejora de la actividad del legislador.

Es la segunda vez consecutiva que pongo en público algunas ideas personales sobre el camino que me gustaría para la Asociación. Permítaseme finalizar estas líneas con una respuesta pública a una pregunta privada. Dios me dio algunas virtudes, o eso creo, pero entre ellas no están ni la paciencia ni la templanza, por lo que mi sitio está aquí, alumbrando, espero que, al menos un poquito, mentes y animando a quienes, con la mejor de las voluntades, deseo, quieran gobernar cascarones en mares tumultuosos.

Javier Bas Soria, Inspector de Hacienda del Estado. Doctor en Derecho

Javier Bas Soria

Inspector de Hacienda del Estado. Doctor en Derecho.

El sistema tributario es un puzzle
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